El sentir de una ficha

La analogía del ajedrez sería fantástica para extraernos de eso que llámanos «nuestro mundo» e intentar comprenderle.
Por un lado el tablero donde las piezas se desenvuelven, condicionadas a sus fronteras, condenadas a repetir patrones, algunas con más «libertad» que otras, pero patrones prefijados a fin de cuentas. Estas piezas luchan sin cuartel contra sus enemigas, las otras piezas, las opuestas. Sin necesidad de causas, y si las hubiera no las comprenden ni desean hacerlo. Cumplen los roles que les son asignados hasta el fin de sus vidas, son útiles a la causa hasta el momento de su muerte.
Y por el otro lado están los jugadores, los cerebros detrás de cada movimiento, los marionetistas si se quiere. Capaces de comprender el panorama completo y manipular las piezas en pos de su objetivo. Entienden que de un juego se trata y pueden volver a empezarlo cuando gusten.


Sí, de verdad que es muy tentador pensar la vida de esta forma. Tentador en el sentido de que así podemos echar la culpa al jugador. Un modo de pensar muy conveniente que no requiere tomar responsabilidad alguna sobre la propia vida. Un sentir de ficha carente de voluntad.
Pero la verdad es que, por mucho que nos guste figurarnos así no somos piezas –aunque a veces se actúe como tales–, sino criaturas pensantes, de voluntad propia. Y, por supuesto, puede ser su voluntad ser una pieza del tablero, ¡y está en todo su derecho! Pero ha de ser por su voluntad, porque usted así lo desea. ¡Soy una pieza, sí, así lo deseo yo, así lo quiere mi voluntad! Ay si tan sólo así lo gritase su querer.
«No todos pueden pensar de esa forma», me dirá el detractor. «Hay quienes no pueden ver el mundo de esa forma», seguirá. «No te pones en su lugar», concluirá. ¿Pero hablo yo a todos acaso? ¿Siquiera puedes decir que te hablo a ti? ¿Acaso la estrella fugaz se preocupa por si es vista por todos? ¿El árbol detiene su caída porque nadie le escucha? Y ahora dime: ¿Quién eres tú para hablar en nombre de los demás diciendo cosas como «el mundo no está preparado para eso» o «la gente no lo comprendería»? Mejor di: No estoy preparado para eso, no puedo comprenderlo, no deseo esa responsabilidad.
Has hecho de la masa anónima tu cubil, de ahí asomas tu cabeza para criticar. Y antes de que el aire fresco llegue a tus pulmones vuelves a esconderte en «la gente».
Pero si, después de todo lo dicho, aún insistes en ser la víctima de «esa gente» que es la culpable de todo, recuerda que para que el juego pueda llevarse a cabo las piezas deben mantenerse en su lugar –¡Inertes!–, aguardando a que el jugador decida su próximo movimiento.

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